La disputa entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof va más allá de simples disensiones sobre la conformación de bancadas en el Congreso o concejos deliberantes. Se trata de un enfrentamiento que pone en juego el control del poder dentro del Partido Justicialista (PJ) y, por ende, en el manejo de la “lapicera”, un elemento clave para el futuro político no solo de la provincia de Buenos Aires, sino también de regiones estratégicas como el sur del país.
Cristina ha logrado posicionarse al frente del PJ nacional, colocando a 40 personas leales a su hijo Máximo Kirchner en cargos decisivos, una jugada de poder evidente y sin contemplaciones con el gobernador Axel Kicillof. El gesto subraya la centralización del poder dentro de la estructura kirchnerista y es percibido como una clara demostración de fuerza que ignora las aspiraciones de Kicillof y su propia base interna.
El gobernador, figura clave en la provincia más poblada y crucial del país, no podía permanecer ajeno a este movimiento. Con una imagen sólida y el respaldo de la mayoría de los peronistas bonaerenses, Kicillof formalizó su respuesta al organizar su propia estructura interna, desafiando la autoridad central de manera directa. Este acto, un hito que rememora las tensiones previas con Sergio Massa, no solo busca consolidar su poder dentro del peronismo, sino también marcar un nuevo rumbo, con un desafío directo a la hegemonía kirchnerista. La disputa, aunque interna, está lejos de ser una cuestión menor.
A medida que la contienda se intensifica, surgen resquebrajamientos entre las bases del partido. Intendentes de La Cámpora, como Juan Zabaleta en Hurlingham, expresan su sorpresa y descontento ante las recientes intervenciones en sus distritos, una muestra palpable de la incomodidad que comienza a invadir al kirchnerismo en sus territorios más cercanos. Al mismo tiempo, seguidores de Kicillof critican con dureza las mismas prácticas autoritarias que, en su momento, formaron parte de la estrategia política de figuras como Andrés “Cuervo” Larroque.
Las sucesiones en el poder siempre son complejas, tanto en empresas como en política. La serie Succession muestra cómo las luchas por el liderazgo en grandes corporaciones nunca están exentas de tensiones y traiciones, algo que también es propio de los grandes líderes políticos de la historia. Este panorama no es ajeno al peronismo, que tarde o temprano deberá definir quién tiene el poder real: el control de los votos y, por ende, del poder político. En este contexto, el futuro del peronismo se define no solo por quién maneja la lapicera, sino por quién tiene la capacidad de movilizar a la militancia y gestionar la maquinaria electoral.
Un papel aparte tienen el Movimiento Evita y el massismo, quienes, aunque intentan mantenerse neutrales en este enfrentamiento, no dejan de observar atentos al desenlace. Ambas agrupaciones buscan no solo sobrevivir, sino posicionarse estratégicamente en función de la fuerza que emerja triunfante.
En próximos análisis profundizaremos en las implicaciones que esta lucha tiene en diferentes provincias, donde Cristina ya ha comenzado a intervenir en los PJ locales, modificando el mapa político a su favor.
Finalmente, una reflexión sobre las pérdidas que enfrentan ambos líderes: Cristina, para consolidar su base, necesita convencer a su militancia de que Axel es un traidor, aunque no pueda sustentarlo con un argumento ideológico sólido, más allá de su rechazo a subordinarse al liderazgo de Máximo. Por otro lado, Kicillof, al armar una coalición que incluye figuras tan diversas como exintegrantes de La Cámpora y los restos del albertismo, corre el riesgo de diluir su imagen y generar divisiones al interior de sus propios seguidores.
La batalla por el liderazgo del peronismo parece lejos de terminar. Veremos cómo se desarrollan los próximos movimientos en este ajedrez político.